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Eutanasia terapéutica

Publicado: 15/04/2019: 2630

La enfermedad de la droga condiciona situaciones conflictivas que, en muchas ocasiones, despiertan lo mejor de cada persona estimulando y desarrollando una conducta con resultados terapéuticos que la ciencia difícilmente consigue: en todos los casos, el fármaco milagroso es el amor.

"Rafa", llevaba dos años en tratamiento por su adicción a las drogas y su evolución presentaba las alternativas normales. Su vida se encontraba limitada a buscarse la vida para conseguir la dosis de revuelto (cocina y heroína). En los breves periodos de abstinencia en los que no salía de casa, su madre Carmen, al que profesaba un profundo cariño, era toda su familia; como declaración de intenciones repetía que por ella dejaría de consumir.

Por unas molestias gástricas, Carmen ingresó en el hospital y se le diagnosticó un cáncer avanzado y de un pronóstico infausto que señalaba un tiempo limitado de vida. A "Rafa" la noticia lo dejó grogui.

Las consultas a la clínica del dolor fueron frecuentes: sedantes y analgésicos, ocuparon tiempo y preocupaciones. El insomnio se consolidó como síntoma y, asociado con ansiedades y miedos, precipitaban dolores y sufrimientos que los medicamentos no lograban superar. "Rafa" vivía un calvario porque su mente rumiaba una culpabilidad que manipulaba para justificar su consumo de droga.

Cuando un día llegó a su casa de madrugada y no encontró a su madre, se obsesionó con la idea que había muerto; una vecina le informó que una ambulancia se la había llevado.  Como un zombi se fue al hospital y, contemplando a su madre en un estado de especial postración y con mascarilla de oxígeno y sueros, se puso de rodilla: llorando estuvo hasta que una enfermera le ayudó a levantarse.

Con el alta hospitalaria, Carmen volvió a su casa, pero los dolores se hicieron cada vez más intensos y resistentes a los fármacos, lo que desesperaba a "Rafa" que no soportaba ver a su madre sufriendo, a pesar de la forma tan magistral con la que ella lo disimulaba: él vivía una experiencia de confusión e impotencia.

Algo se tuvo que quebrar en su interior, y como el amor no soporta la espera, decidió atender con todas sus fuerzas a lo único que quería y que le ofrecía sentido a su existencia: su madre.

Pero como “donde no llega la ciencia llega el corazón”, un día “Rafa”, con los ojos empañados, me propuso: " ¿Por qué no probar con mi madre la droga que yo consumo?”  Es verdad inconcusa que la misión del médico es aliviar el sufrir humano con cualquier sustancia que sea eficaz, con independencia de las consideraciones morales, éticas o legales que, al ser accidentales, son siempre de un rango inferior: el abuso de una sustancia nunca anula su correcto uso. Le expliqué a Carmen los detalles y ella dio su conformidad. "Rafa" se comprometió a que no le faltara la droga diaria para su madre, y en estas condiciones acepté controlar todo el proceso del tratamiento. 

A Carmen, las dosis matutinas de revuelto le animaban y vivificaban, y las vespertinas, ligeramente modificadas, le aseguraban un plácido sueño que hipotecaba el insomnio. El hijo contemplaba a su madre cada vez mejor, y la madre veía que su hijo volvía a ser como cuando era niño: sin separarse de ella y dando cariño. “¡Qué guapo y fuerte se está poniendo mi hijo, y lo bueno que es! ¿Verdad?” me decía. Ignoraba que su hijo, sin problemas y con inefable alegría y gozo, simplemente había dejado de consumir, y ahora sólo trapicheaba para que a su madre no le faltara la “dosis terapéutica”: la motivación de amor no tiene límites.

Sus vidas estaban protagonizadas por la porfía de cuidarse mutuamente, y en ello se ocupaban justificando unos horizontes llenos de ilusiones y esperanzas. El amor entre madre e hijo consolidó una relación en que la vida tenía una luz y colorido especial: nada había cambiado, pero todo era diferente.  Carmen recuperó el apetito, las ganas de salir, el optimismo y su interés por vivir; los días tenía muchas luces que, iluminando sombras, facilitaban frecuentes y específicos resquicios de felicidad.

Este escenario emocional, conformaba un estado de conciencia gratificante y eufórico que no dejaba mucho espacio en la mente para que el cáncer ocupara un lugar, y su presencia esporádica y ocasional, condicionaba que los dolores fueran menos intensos y frecuentes y, minimizados en sus efectos, eran superados sin grandes dificultades.

Los últimos tiempos de la vida de Carmen fueron de una digna y singular calidad de vida. La caducidad del periodo biológico que marca el final de toda experiencia humana, la sorprendió en un ambiente de serenidad amorosa: sus manos estaban entrelazadas con las de su hijo al que miraba con ojos de ternura, y dibujando en sus labios una suave y dulce sonrisa. Parecía que estaba disfrutando de un estado íntimo de libertad, paz, alegría y armonía… como marcando el inicio de la plenitud de su ser.

José Rosado Ruiz

Médico acreditado en adicciones