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Bautizados y enviados: Catequistas en misión en el mundo

Publicado: 08/10/2019: 3701

Artículo del delegado de Catequesis, el sacerdote José Manuel Llamas Fortes, con motivo del Día de la Catequesis, que se celebra el 13 de octubre.

Firma de opinión del delegado de Catequesis en el programa "Iglesia en Málaga" de Cope Málaga

Como todos los años, en octubre celebramos el Día de la Catequesis: en esta ocasión, el domingo 13. Es una jornada en la que se suele hacer el “envío de catequistas” en las misas dominicales, y este año coincide, además, con el Octubre Misionero que nos ha propuesto el papa Francisco, lo cual es una muy buena noticia: de hecho, desde la Delegación de Catequesis hemos decidido unirnos al lema de esta campaña. ¿Por qué? Porque todo catequista es un llamado por el Señor, desde su Bautismo, dentro de una sociedad que se encuentra en un cambio de época, enviado para ser misionero ofreciendo un Primer Anuncio de Jesucristo a una gran mayoría de niños y adultos que llegan sin haber tenido un encuentro con el Señor. ¿Y entonces? ¿Por qué hablamos de “catequesis”? Vayamos por partes.

1. Bautizados: llamados por el Señor

En primer lugar, tenemos que ser conscientes de que todos hemos sido llamados por el Señor, desde nuestro bautismo, a anunciar la Buena Noticia del Evangelio. También los y las catequistas, por supuesto. Sin este punto de partida, cualquier cosa que hagamos estará vacía, hueca, roma, y la tarea se convertirá en una carga insoportable. La llamada del Señor es la razón de todo lo que hacemos como cristianos, y todo lo que hacemos lo hacemos como cristianos porque hemos sido llamados por el Señor. Sí, parece un trabalenguas, pero es la verdad de nuestra vida. Si vivimos enamorados de Cristo, claro.

2. En una sociedad que está cambiando de época

En segundo lugar, hemos sido llamados para anunciar la Buena Noticia en este espacio-tiempo. Estamos cambiando de época: nos está tocando vivir el fin de una etapa histórica en la que el cristianismo era, de algún modo, una clave central dentro de la estructura social y cultural europea de “cristiandad”, palabra ciertamente ideológica que suena a castillos y reyes de coronas gigantes, cruzadas, jerarcas eclesiales viviendo a lo grande, torneos de caballeros embutidos en armaduras, brujas y magos, conquistas y reconquistas… Todo eso nunca existió tal cual en la historia real de la gente existente, y probablemente es, en cierto grado, producto de la añoranza de los que, a fuerza de gemir creyendo que cualquier pasado fue mejor, terminan por mitificar lo que añoran.

En la actualidad nos encontramos con una gran cantidad de niños, adolescentes, jóvenes y adultos que llegan a las parroquias sin haber escuchado hablar de Jesucristo, o recordando apenas cuatro trazos de algo que les contaron en otro tiempo. Por tanto, la catequesis no es, en la mayoría de los casos, catequesis, porque estos niños (en el caso de la catequesis de iniciación sacramental de infancia) no comienzan su proceso después de haber descubierto a Cristo y de decidir que quieren ser cristianos, sino antes. Ahí es donde tenemos, me parece, un gran reto. ¿Y qué podemos hacer?

3. Enviados a la misión

Así pues, los y las catequistas estamos enviados fundamentalmente a la misión. Por decirlo de otra manera: somos misioneros y misioneras que, utilizando unos materiales elaborados para la etapa catequética, debemos ofrecer un primer anuncio de Jesucristo a niños que llegan, en su mayoría, porque quieren “hacer la primera comunión”. Así de claro. Y saber esto debe suponer para nosotros una gran alegría, y un reto: ¡podemos ser misioneros en y desde nuestra propia parroquia, con familias y niños del barrio o del pueblo! O bien podemos seguir quejándonos, diciendo que “antes las cosas estaban mucho mejor” (si cuando yo recibí la “catequesis de Primera Comunión” las cosas hubieran estado mucho mejor, ahora mis compañeros de catequesis serían cristianos maduros. Y, aunque son “tela” de buena gente, dudo mucho que alguien de entre ellos o ellas se defina como “cristiano practicante”: sería una sorpresa para mí).

4. ¡Ánimo!

Así que, sin más, ¡ánimo! No digo esto en plan “Bueno, anímate, es lo que hay: así de mal está la cosa”. Qué va. Ánimo, porque la tarea es grande, pero merece la pena. Porque Jesucristo siempre es una novedad, aunque quizás nosotros lo hayamos pretendido convertir en un eco esclerotizado del pasado con olor a naftalina. Si es así, convirtámonos y seamos Iglesia en salida, misionera y joven, porque la Iglesia es misionera y joven cuando es ella misma, cuando vuelve una y otra vez a su fuente (cf. Christus Vivit, 35). Cuesta mucho romper los odres viejunos y dejar que el Señor nos convierta en odres nuevos, pero es la única manera de recibir su Vino Nuevo y comunicarlo a nuestro alrededor, dando catequesis o en cualquier otra misión a la que seamos enviados. ¡Ánimo, y alegría!

Llamas, J.M.
Delegado Diocesano de Catequesis
Diócesis de Málaga

 

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