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“Donde pongo la vida pongo el fuego"

Eucaristía por el 70 aniversario de la ordenación sacerdotal de D. Amalio Horrillo, en el Centro Gerontológico Buen Samaritano
Publicado: 27/12/2018: 12710

Artículo de José Sánchez Luque ante la muerte de Amalio Horrillo Coronil

«El cura Amalio nos estimula a todos para “que la vida no me viva”, sino que yo la viva consciente y agradecidamente en cada acontecimiento».

 

La vida del cura Amalio podría resumirse con aquella frase del poeta Ángel  González: “Donde pongo la vida pongo el fuego”. Su vida de párroco en diversos pueblos de Málaga y de sus largos años de  misionero en Venezuela, consistió en llevar el fuego del Evangelio, el fuego del amor solidario a nuestra sociedad. Él conocía muy bien las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra y  cuánto me gustaría que no dejase de arder”.
Apasionado por la acción evangelizadora y apostólica, Amalio fue descubriendo que lo más importante que quería hacer en su vida era acompañar a las personas y eso le llevó a des-programar su agenda para tener tiempo disponible para la gente. Así, fue pasando de ser un hombre de acción a un hombre de relación, experto en escuchar y sostener a las personas. Hasta hace un mes y a sus 91 años, impartía semanalmente catequesis dialogadas de formación bíblica a un pequeño grupo de mayores del Buen Samaritano. Él nunca se jubiló.
Su vida nos recuerda a todos que “la persona es lo primero”, como decimos en la HOAC. Hemos de cuidar los encuentros como algo fundamental y prioritario en nuestra vida. Porque cuando estamos abiertos a la relación todo se transfigura como afirma Violeta Parra, “lo cotidiano se vuelve mágico”. El cura Amalio nos estimula a todos para “que la vida no me viva”, sino que yo la viva consciente y agradecidamente en cada acontecimiento.
Amalio fue capaz de compartir la vida. Compartir significa, según el   diccionario de la RAE, repartir, participar en algo, poseer en común. Compartir es partir- con. Esta preposición es fundamental para comprender su significado, porque es muy distinto partir algo para otro que partirlo con otro. Compartir conlleva participar de un universo y cotidianidad común, supone reciprocidad. Quien comparte se hace compañero y compañera, no ayudante ni bienhechor. El compañero no es un ayudador. Compañero y compañera vienen de “cum panis”, palabra que evoca comer el mismo pan, es decir, participar de la misma vida, del mismo sueño.
Compartir es alteridad y  reciprocidad que nos hace vivir perdiendo el miedo a mostrar la propia vulnerabilidad y a reconciliarnos con ella,  porque somos constitutivamente vulnerables. Así lo vivió Amalio en los últimos años de su larga vida en la residencia de El Buen Samaritano de Churriana. A todas las que trabajáis allí, os agradezco sinceramente  los cuidados, la atención,  el cariño con que lo habéis acogido. Descanse en paz nuestro querido amigo y hermano. Y que nuestra vida, como la suya, esté encendida por el fuego del amor solidario y la esperanza más firme.

José Sánchez Luque

Sacerdote diocesano

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