Una de los mandatos evangélicos que más han marcado mi vida es el que proclamábamos días atrás recogido por el evangelio de San Mateo en el que se nos interpela: “Vosotros sois la sal de la tierra”.
Se nos pone la humilde sal como ejemplo a imitar. El ser humano ha dependido desde los albores de la creación de este producto, suministrado gratuitamente por la naturaleza, que ha sido, y es, desde siempre tan imprescindible para nosotros.
La palabra sal es la raíz de otras muchas. Por ejemplo: salario deriva de la paga que recibían los obreros en la antigüedad, dado que utilizaban la sal como moneda de cambio. Cuando alguien tiene “ángel”, le decimos que es una persona muy salada. El alimento más insípido se convierte en sabroso. La alegría, la espontaneidad, la humildad, la cercanía y otras tantas virtudes las identificamos con tener o no tener sal en muestras vidas.
Los cristianos somos como los alimentos. Si nos falta la sal somos insípidos y transmitimos tristeza. Cuando ponemos la sal en nuestro metro cuadrado, en nuestro ambiente, todo se mejora y se hace apetecible. La sal es la luz que hace pasar de la vida del blanco y negro al color.
¿Porqué los cristianos presentamos esta Iglesia tan seria, esas oraciones, esas acogidas, esos diálogos y esas celebraciones sin sal?
Tenemos que meditar en ello. Los mayores, el segmento de plata, tendremos que hablar menos de dolor, sufrimiento, política y pecado y mucho más de luz, alegría y perdón.
Sal que sale, luz que brille….
