San Agustín de Hipona

Desde pequeño, quizás por mi formación escolar, he estado muy cerca de San Agustín. Por eso me he acordado de su mensaje en estos días que se conmemora su festividad.

Muchos de los que le veneran desconocen que San Agustín era africano. En aquellos tiempos (siglo IV) el Imperio Romano se había extendido por el norte de África. Agustín nació en Tagaste (Numidia) y falleció en Hipona a la avanzada edad (para la época) de 76 años.

Agustín era un tipo muy inteligente… y un poco complicado. Hijo de un no creyente y una mujer de gran fe (Santa Mónica) vivió una vida de aquella manera hasta que las oraciones de su madre dieron su fruto. Él se denominaba a sí mismo “el fruto de las lagrimas de su madre”.

Gran disertador hizo una carrera brillante como orador imperial en Milán tras su paso por Roma, adonde llegó tras dejar engañada a su madre en el norte de África. En sus Confesiones cita este episodio con gran pesar.

Tras su paso por el maniqueísmo, en el que se movía con facilidad dados sus conocimientos y su capacidad para debatir, se convirtió al cristianismo en el año 385 tras pasar por un catecumenado impartido por el Obispo San Ambrosio. Después perteneció a una comunidad de frailes; se consagro sacerdote y, finalmente, fue nombrado Obispo de Hipona. Inmediatamente repartió sus bienes entre los pobres y vivió de una manera humilde.

San Agustín me ha acompañado siempre. Cuando éramos pequeños, a todos nos iluminaba la anécdota del niño con el que se encontró junto al mar. Su incapacidad de razonar el misterio de la Santísima Trinidad. De mayor me han impactado sus confesiones, las cuales llevo recogidas en un disquete que escucho en el coche, que me ayudan a serenarme y a relativizar lo intrascendente. Su frase “toma y lee” y su lucha para poder compaginar la fe y la razón, son un ejemplo para aquellos que nos movemos en el campo razonable de la duda. “Cree para comprender” y “comprende para creer”. Son dos actitudes excelentes para la “búsqueda del inicio del camino de la fe”. (Una frase mía aunque no tengo el copyright).

San Agustín ha venido a mi memoria por su reciente festividad. Lo que no me ha gustado mucho ha sido la imagen televisiva de un San Agustín portado a hombros en un pueblo malagueño y mecido a los compases de “Paquito el chocolatero”. No creo que sean los más adecuados, pero los habitantes del lugar lo consideraban “imprescindible”. Cosas veredes.