Nuestra existencia discurre entre ambas situaciones. Estas se producen sin solución de continuidad. ¿Estamos preparados?

Un servidor de ustedes desde luego que no. La vida pasa cada vez más deprisa a nuestro alrededor y, una de dos, te conviertes en un inconsciente como la copa de un pino y pasas olímpicamente de todo, o sufres esta serie de cambios que, a veces, no puedes asimilar. Como habrán podido observar por mis escritos, me muevo en este segundo campo, lo que me hace estar constantemente en ascuas.

El martes fue un día de esos, mi amigo, enfermo, se cae y se fisura la cadera; en la radio me piden ayuda desesperada para localizar una familia de acogida para dos niños; nace un nuevo miembro de mi familia e, inesperadamente, surgen problemas ya casi solucionados. Mientras, en Cataluña, juegan a “ahora somos españoles, ahora no”; independencia por la cara o por co…”; banderas y grupos para allá y para acá; mozos, policías y civiles a la greña. Hasta desde los púlpitos se anima a la confrontación.

¡Hasta cuando! Y eso que procuro diferenciar entre lo accesorio, lo importante y lo esencial. Las banderías y los territorios son accesorios para mí. El bien común y el de mi familia son aspectos importantes. La vida y la felicidad de mi metro cuadrado son esenciales.

Hoy me han hablado de niños de Burkina Faso, un país perdido en medio del África profunda, allá por el sur del Sahara. Un grupo de amigos hemos decidido ayudarles. Un poco de leche nos hace más pobres y más solidarios. Cada día tiene su afán. Nos movemos entre la vida y la muerte. Pero amamos la vida… aunque nos da miedo.