Mis lectores del segmento, que ya son mayorcitos, recordarán lo que fueron aquellos peones camineros que mejoraron las maltrechas carreteras españolas de la posguerra.

Aun quedan algunas casillas de aquellas que albergaron a tan sufridos operarios que se tenían que apañar con un rastrillo y un carrillo de mano. Nada que ver con las maquinas que repasan kilómetros de carreteras en un santiamén.

Por otro lado nos encontramos con los ingenieros de caminos que diseñan puentes, túneles y autovías. Estos se mueven ahora en el campo de los ordenadores olvidando aquellos de sus predecesores que construían las viejas carreteras siguiendo los senderos de los arrieros y cabreros.

Me quedo con los primeros, aquellos peones camineros de pantalones de pana y boina, que con mucho esfuerzo hicieron cuanto pudieron. Ellos son para mí la imagen de los que hemos tomado en serio la tarea de preparar los caminos del Señor.

Hablo de preparar, no tan solo de seguir, tenemos que arriesgar algo en el empeño y no basarnos en las prácticas de la comunidad. Salir a los extrarradios y oler a cabra, como nos recomienda el papa Francisco.

Los caminos hacia la destrucción de los valores, especialmente el de la familia, discurren por autopistas alquitranadas por los medios y el consumismo. Los caminos hacia la implantación del reino de Dios en la tierra transcurren por terrenos áridos y llenos de baches. Y ahí estamos nosotros con nuestra pobreza de medios.

Lo bueno estriba en que, cuando se avanza un metro, la felicidad te invade y se recibe le ciento por uno. El tiempo de Adviento es el idóneo para que nos aprestemos a Preparar el camino al Señor. Somos sus peones camineros. Y el Señor son aquellos que te rodean. Especialmente los que están más solos.