El Niño no regresó. Unos dicen que lo echaron; otros, que lo se­cuestraron. Lo cierto es que El no se fue por propia voluntad. Simple­mente no está. Y se le necesita. Porque sin El no hay paz interior, ni au­téntica alegría, ni progreso social, ni esperanza de éxito definitivo.

Se ofrecen pistas para encontrarlo. Entre otras, se dan éstas:

-Donde la amistad perdida se recupera por el perdón, hay una pista que nos acerca al Niño.

-Cuando se hace feliz a otra persona sin esperar recompensa al­guna, estamos en la senda que conduce al Niño.

-Si se pierde tiempo, o dinero, o la misma vida por los demás, ya nos encontramos en el lugar preciso del Niño.

-Donde hay comprensión, valoración y aprecio mutuos, allí se abre una senda que nos conduce al Niño.

-Cuando los vecinos de un pueblo, barriada o ciudad unen sus voluntades buscando el bien común, aparecen huellas del Niño.

-Si los trabajadores se esfuerzan para cumplir mejor sus deberes y se organizan para reivindicar justamente sus derechos, se re­corren trochas que llevan más fácilmente al Niño.

-Donde los científicos, los políticos y los ricos ponen al servicio de los demás lo que son, lo que tienen y lo que hacen, se abren sendas para encontrar al Niño.

-Cuando los miembros de una parroquia, de un movimiento apos­tólico, de una comunidad cristiana o religiosa viven según las normas evangélicas, y, a pesar de sus diferencias, viven como verdaderos hermanos, ya están junto al Niño.

- Si la Iglesia es fiel a Jesucristo y, como El, cumple la voluntad del Padre, conducida por el Espíritu, de la mano de María, señala el lugar exacto donde está el Niño.

Se trata del Niño de Belén, el Dios hecho debilidad y ternura. Navidad nos recuerda las pistas para encontrarlo.

Málaga, Navidad 1989.