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Hildegard, la monja profetisa

Hildegard de Bingen
Publicado: 20/03/2018: 554

Cuando le notificaron en 1178 la pena de interdicto, Hildegard se sintió desfallecer. Ya había cumplido los 80 años. Y había sufrido toda clase de pruebas. Desde que su familia la ingresara como oblación a Dios en el convento con 8 años, la debilidad y la enfermedad habían afligido a esta monja benedictina de modo constante. Y a pesar de la enorme fama que sus visiones le habían reportado, permitiéndole entrevistarse y cartearse con papas y emperadores, confesaba que desde su infancia “jamás había vivido una hora segura” porque era “un ser humano carente de toda instrucción escolar en cuanto a lo exterior, aunque interiormente he sido instruida en mi alma. Por eso siempre hablo como si dudara” (Carta a San Bernardo de Claraval, en: Cartas de Hildegarda de Bingen, pp 32-33, Fraboschi, Avenatti y Ortiz, eds., Miño y Dávila 2015)

El interdicto, sólo un grado inferior a la excomunión, la privaba a ella y a toda su comunidad religiosa de la celebración y recepción de sacramentos. Le había sido impuesta como castigo por haber permitido Hildegard, en su calidad de superiora, enterrar en el cementerio de su convento a un joven que supuestamente había muerto excomulgado, y por tanto no podía ser inhumado en suelo sagrado.  A ella por el contrario le constaba que aquel hombre había recibido la absolución antes de morir, por lo que no sólo se negó a exhumarlo, sino que borró todos los rastros de su sepultura para impedir que le desenterraran.

Hildegard sufría intensamente. La pena eclesiástica le había sido impuesta por los prelados del arzobispado de Maguncia, en ausencia del propio arzobispo, Christian, que se encontraba de viaje en Roma. Aquellos clérigos, a algunos de los cuales se había anteriormente enfrentado Hildegard reprochándoles su apoyo al antipapa Calixto, se atrevían ahora a perjudicarla con tanta saña, precisamente aprovechando el alejamiento del arzobispo, que siempre la había amparado. Pero una secreta fuerza nació del interior de la anciana monja y le permitió mantenerse firme. En la disyuntiva entre obedecer a sus superiores y lo que la propia conciencia le dictaba, fue, como en tantas otras ocasiones, una visión lo que le permitió alinear su voluntad y la de Dios.

“Como pocos días después de su sepelio nuestros superiores nos ordenaron arrojarlo del cementerio, invadida por un gran terror elevé la mirada hacia la Luz Verdadera, como acostumbro, y con ojos atentos vi en mi alma que, si de acuerdo con el mandato de aquéllos el cuerpo del difunto era exhumado, esta expulsión amenazaría nuestro lugar con un terrible peligro, como una gran oscuridad que nos rodearía cercándonos, a semejanza de la nube negra que suele aparecer antes de las tempestades y los truenos. Por eso no nos hemos atrevido a remover el cuerpo de este difunto, puesto que había confesado sus pecados, recibido la unción y la comunión, y fue sepultado sin inconveniente alguno; ni podemos ceder al consejo o al mandato de quienes quieren persuadirnos o imponernos esto, no porque tengamos en poco el consejo de los hombre probos o el mandato de nuestros prelados –de ningún modo–, sino para que no parezca que por femenina crueldad injuriamos los sacramentos de Cristo, con los cuales fue fortalecido aquel hombre mientras aún estaba con vida”. (Carta 23, a los prelados de Maguncia, o.c. pp. 86-87)

Aquella “Luz Verdadera”, como Hildegard solía llamarla, era la Presencia misma de Dios, que se le había manifestado desde que tuvo uso de razón. Era la visión beatífica que le había otorgado acreditada fama de profetisa ante el mismo emperador Federico “Barbarroja” o ante el papa Eugenio III. La que le había permitido, sin apenas instrucción, escribir obras deslumbrantes y profundas sobre materias tan dispares como Teología Dogmática, Teología Moral, Ciencias Naturales, Medicina  o Música.

Al principio, cuando aún era niña, no le había dado importancia a las visiones. Eran para ella tan frecuentes y naturales que no las consideraba exclusivas: pensaba que todas las personas las tenían, que constituían una facultad tan normal y usual como soñar, imaginar o recordar lo acaecido. En su inocencia, relataba a los demás lo que veía u oía en aquellos episodios que ella juzgaba comunes. Con el tiempo, al ver las reacciones de extrañeza y burla que provocaba, comenzó a ser cautelosa y precavida. Sin embargo, frente a su prudente silencio, el contenido de sus visiones pugnaba por manifestarse al exterior, hasta el punto de que aquella lucha llegaba a hacerla enfermar.

El momento más crítico se produjo sin duda en 1141. Ella misma lo relataría al comienzo de su primera obra, el “Scivias” (Conoce los caminos): “Sucedió que, en el año 1141 de la Encarnación de Jesucristo Hijo de Dios, cuando cumplía yo cuarenta y dos años y siete meses de edad, del cielo abierto vino a mí una luz de fuego deslumbrante; inundó mi cerebro todo y, cual llama que aviva pero no abrasa, inflamó todo mi corazón y mi pecho, así como el sol calienta las cosas al extender sus rayos sobre ellas. Y, de pronto, gocé del entendimiento de cuanto dicen las Escrituras: los Salmos, los Evangelios y todos los demás libros católicos del Antiguo y Nuevo Testamento, aun sin poseer la interpretación de las palabras de sus textos, ni sus divisiones silábicas, casos o tiempos. Pero desde mi infancia, desde los cinco años, hasta el presente, he sentido prodigiosamente en mí la fuerza y el misterio de las visiones secretas y admirables, y la siento todavía. Y estas cosas no las he confesado a nadie, salvo a unas pocas personas que, como yo, también han emprendido la vida religiosa. He guardado silencio, en la calma permanecí hasta el día en que el Señor, por Su gracia, quiso que las anunciara. Mas las visiones que contemplé, nunca las percibí ni durante el sueño, ni en el reposo, ni en el delirio. Ni con los ojos de mi cuerpo, ni con los oídos del hombre exterior, ni en lugares apartados. Sino que las he recibido despierta, absorta con la mente pura, con los ojos y oídos del hombre interior, en espacios abiertos, según quiso la voluntad de Dios. Cómo sea posible esto, no puede el hombre carnal captarlo.”

Los verdaderos místicos son justamente los más cautelosos y reticentes hacia sus propios dones extraordinarios. Y sobre todo, confían prudentemente el criterio de discernimiento a la propia Iglesia.  “También Hildegard quiso someterse a la autoridad de personas sabias para discernir el origen de sus visiones, temiendo que fueran fruto de imaginaciones y que no vinieran de Dios. Por eso se dirigió a la persona que en su tiempo gozaba de la máxima estima en la Iglesia: san Bernardo de Claraval … Este tranquilizó y alentó a Hildegarda. Y en 1147 recibió otra aprobación importantísima. El Papa Eugenio III, que presidía un sínodo en Tréveris, leyó un texto dictado por Hildegard, que le había presentado el arzobispo Enrique de Maguncia. El Papa autorizó a la mística a escribir sus visiones y a hablar en público. Desde aquel momento el prestigio espiritual de Hildegard creció cada vez más, tanto es así que sus contemporáneos le atribuyeron el título de profetisa teutónica”. (Benedicto XVI, Audiencia General, 1 de septiembre de 2010).

Animada y alentada con la aprobación eclesiástica del máximo nivel, comenzaría una labor ingente de creación. Quizás su obra más conocida es la ya citada “Scivias”, que contiene 26 de sus visiones en las que con hermosas y originales alegorías explica y sistematiza los principales dogmas católicos, desde la Creación hasta el Juicio Final, pasando por la Trinidad y las etapas de la historia de la Salvación. Pero es de gran interés –para muchos su obra maestra- el “Libro de las Obras Divinas”, en el que describe en 10 visiones una singular cosmología en la que el universo es asimilado a la fisiología humana, resaltando el papel del hombre en la Creación bajo una luz cristocéntrica. Asimismo, en el “Libro de los Méritos de la Vida”, Hildegard expone la doctrina moral católica, desgranando los vicios y las virtudes y las relaciones y confrontaciones entre ellos a lo largo de la vida terrena del hombre, preludio esperanzado de una existencia futura absolutamente “toda llena de alegría”.

Pero además del cuidado de sus monjas y de plasmar sus visiones en sus numerosas obras y cartas,  Hildegard, a pesar de su frágil salud, realizó cuatro viajes de misión (algo por lo demás insólito para una mujer en aquella época) a lo largo de los territorios regados por los ríos Meno, Mosela, Nahe y Rin. En  estos viajes, además de denunciar la corrupción del clero, predicó especialmente contra la herejía cátara, que con raíces gnósticas y maniqueas propugnaba un dualismo radical entre el bien (lo espiritual) y el mal (lo material, lo físico); doctrina  en las antípodas de la fe católica, que considera al hombre un ser a la vez corporal y espiritual, creado a imagen y semejanza de Dios y querido en su totalidad por Él (cfr. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 362 ss.)

Su prestigio, avalado por todos los papas que le fueron contemporáneos, fue incesante y extraordinario. Por ello el dolor la acosó con tanta intensidad cuando, ya al final de su vida terrena, se vió a si misma ante la posibilidad cierta de fallecer sin recibir los sacramentos, por causa del interdicto decretado por los prelados del arzobispado de Maguncia.

Inicialmente, “para no aparecer como desobedientes en todo, según el interdicto hemos cesado los cantos de la divina alabanza, y nos hemos abstenido de la participación del Cuerpo del Señor, que tenemos por costumbre frecuentar todos los meses. Sobre lo cual, y mientras mis hermanas y yo nos afligíamos con gran amargura, embargadas por una inmensa tristeza, oprimida finalmente por el peso de tanto dolor oí estas palabras en una visión: No es conveniente para vosotras que a causa de las humanas palabras abandonéis los sacramentos de la Vestidura del Verbo de Dios, Quien, virginalmente nacido de la Virgen María, es vuestra salvación. … Por eso es necesario que vosotros y todos los prelados tengáis muchísimo cuidado para que, antes de cerrar con una sentencia la boca de una asamblea religiosa que canta a Dios sus alabanzas, o de prohibirle sea la administración, sea la recepción de los divinos sacramentos, abierta y francamente discutáis primero con gran diligencia las causas por las que consideráis que debéis hacerlo. Velad para que lleguéis a esto movidos por el celo de la justicia de Dios, y no por la indignación o por cualquier otra emoción injusta o bien por el deseo de venganza; y cuidad siempre que en vuestros juicios no seáis enredados y engañados por Satanás, que arrancó al hombre de la armonía celestial y de las delicias del Paraíso. … Por consiguiente, quienes sin una razón de peso imponen a la asamblea reunida en la iglesia el silencio en cuanto a los cantos de la alabanza a Dios, quienes de esta manera injustamente despojaron a Dios del esplendor de Su gloria en la tierra, no tendrán parte en el coro de la celebración angélica en el cielo, a no ser que se hayan enmendado a través de un verdadero arrepentimiento y una humilde reparación (Sab. 11, 23). Por eso, quienes tienen las llaves del cielo sean extremadamente cuidadosos para no abrir lo que debe ser cerrado, y no cerrar lo que debe ser abierto: porque el juicio será durísimo para aquellos que detentan el gobierno, a no ser que, como dice el Apóstol (Rom. 12,8), ejerzan el gobierno con solicitud”. (Carta 23, a los prelados de Maguncia, o.c. pp. 87 ss.)

Transcurrió casi un año y no parecía haber solución alguna. Hildegard, cargada de años y de tristeza, acudió ante los orgullosos prelados “con amargas lágrimas a su presencia, pidiéndoles llorosa y humildemente misericordia. Pero como sus ojos se habían ofuscado de tal manera que no hubieran podido mirarme con algún rastro de misericordia, me aparté de ellos llena de lágrimas” (Carta 24, al arzobispo de Maguncia, o.c., pp. 92 ss.)

Cuando ya apenas quedaba esperanza ante la dureza de aquellos eclesiásticos, “vino a los mismos prelados de Maguncia un caballero que era hombre libre. Éste, con suficientes testimonios, quiso probar que él mismo y el ya mencionado muerto habían sido compañeros en la misma transgresión, y que ambos en el mismo año, en el mismo lugar, a la misma hora, habían sido absueltos por el mismo sacerdote. Estaba presente el mismo sacerdote que los absolvió, y conociendo por ellos la verdad del asunto, tomando tu lugar (el arzobispo de Colonia) nos obtuvo la licencia para celebrar el divino oficio con seguridad y en paz interrumpidamente hasta tu retorno”. (Ibidem)

En efecto, el arzobispo de Maguncia, contrastada la verdad del testimonio y la justicia que asistía a Hildegard, ratificó definitivamente el levantamiento del interdicto. Y finalmente, a los pocos meses, en septiembre de 1179, pudo descansar en paz Hildegard, la monja visionaria, la profetisa del Rin, la débil “mujer fuerte”(1).

El 7 de octubre de 2012, Benedicto XVI la proclamó Doctora de la Iglesia.

1. Carta de Juan Pablo II al Obispo de Maguncia con ocasión del 800 aniversario de la muerte de Santa Hildegard, 8 de septiembre de 1979.


Francisco García Villalobos

Abogado canonista y escritor. Autor de Semblanza de D. José Gálvez Ginachero (2012), Los Procesos Judiciales de Jesús de Nazaret (2013) y Solima (2014). Secretario general-canciller del Obispado de Málaga.

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