Sin darme cuenta, sin emoción, sin interés y con cierta indolencia, me acomodé a aceptar las propuestas de los clientes y empezó otra etapa de mi vida fea, sórdida, sin emociones ni ilusiones, animal e instintiva, en la que me movía sin alegría y sin miedo, e insensible a lo que pasaba a mi alrededor: mi mundo terminaba y abarcaba solamente mi interior, mi yo, lo demás casi no existía.