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Nochebuena (Catedral-Málaga)

Publicado: 24/12/2022: 3144

Homilía de Mons. Jesús Catalá durante la Misa de Nochebuena celebrada en la Catedral de Málaga

NOCHEBUENA

(Catedral-Málaga, 24 diciembre 2022)

Lecturas: Is 9, 1-3.5-6; Sal 95, 1-3.11-13; Tt 2, 11-14; Lc 2, 1-14.

Nochebuena, noche de luz

1.- Llegada de la gran Luz

El profeta Isaías anuncia la llegada de una gran luz, que ilumina al hombre que vive en tinieblas: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló» (Is 9, 1).

En esta Noche santa la Luz de Dios ilumina a toda la humanidad, que camina errante y en tinieblas. Esta es una Noche de Luz. Cuando el ángel se apareció a los pastores, que pasaban la noche al aire libre guardando sus rebaños «la gloria del Señor los envolvió de claridad» (Lc 2, 9).

La Luz de Dios, Jesucristo, que se hace niño en Belén, asumiendo la naturaleza humana y renovándola, ilumina al ser humano y le otorga esperanza.

El Hijo de Dios «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres» (Flp 2, 6-7). Por puro amor a la humanidad se acerca al hombre para elevarlo a su condición divina, para levantarnos de la sombra de toda muerte, para reponernos en nuestra dignidad de hijos de Dios y concedernos la reconciliación y la paz.

El texto de Isaías decía que el pueblo caminaba en tinieblas; y nosotros podemos preguntarnos cuáles son nuestras tinieblas. En esta Noche el Señor nos invita a abrir el corazón y la mente, para dejar que su luz penetre dentro de nosotros; que ilumine todos los rincones y recovecos de nuestra alma, a veces casi inconscientes. ¡Dejémonos iluminar por la Luz de Cristo!

2.- La Luz de Dios disipa todo temor

Los pastores, al ver al ángel que les anunciaba el nacimiento del Salvador, «se llenaron de gran temor» (Lc 2, 9).

Pero la Luz de Dios disipa toda oscuridad, todo miedo y todo temor. La Encarnación y el Nacimiento de Jesús en Belén de Judá hacen desvanecer todos los temores que el ser humano siente por su vida y por su futuro; porque el hombre vuelve a encontrar su dignidad perdida y su estima como hijo de Dios, hecho a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26).

Ante el Niño-Dios perdamos todo temor; no tengamos miedo, pase lo que pase, porque estamos en buenas manos, que son las del Padre-Dios que envió a su Hijo para salvarnos.

La certeza de la fe, de modo misterioso, vivifica y potencia lo más auténticamente humano; y abre los caminos de un futuro de esperanza y de paz. Los cristianos, al celebrar la Navidad, miramos el futuro con la luz y la paz que sólo Dios, hecho hombre (el Emmanuel), puede darnos y que ahuyenta todo temor. Nadie más puede dar esa luz y esa paz.

En el momento de la Encarnación el ángel dirige a María las consoladoras palabras, cargadas de ánimo y de esperanza: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios» (Lc 1, 30).

Y, en esta santa Nochebuena, el ángel, al igual que a María y a los pastores de Belén, también nos dice a nosotros: “¡No tengáis miedo!”. Abrid vuestros corazones al misterio del gran Amor que se hace hombre; a la esperanza que ilumina a todo ser humano; a la Luz que quiere iluminarnos; en definitiva, abramos nuestros corazones al misterio de la Navidad. Esto es lo que celebramos en esta Noche santa y preciosa.

3.- Vivir como hijos de la Luz

Los cristianos estamos llamados en cada época histórica a contemplar la Luz de Dios y ser iluminados por ella. 

Lleno de júbilo lo expresaba el anciano Simeón: «Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2, 30-32). Su luz debe llegar a toda persona, a toda ciudad, a toda cultura, a todo creyente de cualquier religión, a toda etnia; a todos y cada uno de los seres humanos.

Somos hijos de la Luz por el bautismo, cuyo significado es “iluminación” (traducción del término griego “fotismos”); y hemos de vivir como hijos de la Luz. Hemos sido “iluminados” en nuestro bautismo; el Señor nos ha regalado su Luz para ver las cosas de otra manera, sin temores y sin miedos; sino con esperanza, con gozo, con paz.

El pueblo de Dios es capaz de ver y contemplar la luz en medio de sus oscuridades y penalidades; porque está iluminado por Cristo. Este pueblo creyente sabe mirar, discernir y contemplar la presencia viva de Dios en medio de su vida.

El apóstol Pablo nos enseña que Dios «ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo» (2 Co 4, 6).

Ciertamente fuimos en otro tiempo “tinieblas”; «más ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz» (Ef 5, 8). Y aunque siga habiendo cierta tiniebla en nuestro corazón, dejemos que el Señor la ilumine. Pidamos perdón por las tinieblas que tenemos en el corazón.

Suplicamos al Señor, Luz del mundo, que ilumine nuestras vidas y convierta nuestras tinieblas en claridad.

La Virgen Santísima fue inundada de la luz del Hijo de Dios y nos acompaña en nuestro caminar por las tinieblas de este mundo. No temamos, porque caminamos con María y con Cristo, que es luz de los pueblos. Amén.

 

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