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Encuentro de Adultos que reciben catequesis (Casa Diocesana-Málaga)

Publicado: 28/11/2010: 1202

ENCUENTRO DE ADULTOS

QUE RECIBEN CATEQUESIS

(Casa Diocesana-Málaga, 28 noviembre 2010)

Lecturas: Is 2,1-5; Sal 121; Rm 13,11-14; Mt 24,37-44.

1. Comenzamos hoy el Adviento como preparación inmediata a la fiesta de la Navidad. La preparación remota comienza en realidad en la Pascua, la gran fiesta de los cristianos. A los niños les hago la pregunta: ¿Cuál es la fiesta más importante de los cristianos? Y suelen responder que es la Navidad. Cuesta trabajo hacerles comprender que la gran fiesta de los cristianos es la Pascua; la Navidad es el inicio.

Necesariamente el Hijo del hombre tuvo que hacerse hombre, tuvo que encarnarse, tuvo que venir hasta nosotros, pero la gran obra que realiza el Señor es durante su vida y, sobre todo, en la entrega de su vida en la cruz. Esa es la sede de su gloria. La cruz es el trono de su gloria, donde Cristo queda glorificado.

Adviento es preparación a la Navidad, pero Adviento es el inicio del camino hacia la Pascua. Un cristiano adulto eso no lo debe olvidar; o mejor, en positivo, lo debe tener siempre presente.

Comenzamos un año nuevo litúrgico y, por tanto, empezamos el largo proceso de preparación de la gran fiesta de los cristianos: la muerte y resurrección del Señor. Porque el centro de nuestra vida es Cristo. Y el centro, por tanto, de la vida litúrgica, de la vida eclesial, de la vida moral, de la vida caritativa es el mismo Señor Jesús que con su vida ha dicho un “sí” a Dios. Y el “sí” suyo es desde la obediencia y en el sufrimiento. Ese “sí” de Jesús que lo da definitivamente en la cruz, es el “sí” de la esperanza de los hombres y también es el apoyo de nuestro “sí” a Dios en obediencia y en fidelidad.

2. El Adviento es la celebración de la esperanza cristiana. Jesucristo con su muerte y resurrección ha traído la plenitud de la vida a los hombres. Por tanto, estamos en una actitud de esperanza. Hemos sido salvados ya, comenzamos a celebrarlo. Históricamente hemos sido salvados, estamos salvados. Lo que hacemos es celebrarlo, es como cuando se celebran los cumpleaños, celebramos que nacimos a la vida. El cumpleaños, celebra el nacimiento que ocurrió hace 10, 20 u 80 años. Pero estamos viviendo, estamos salvados en Jesucristo.

¿Cuál es el mensaje central de todo el año litúrgico y por su puesto del Adviento? Que Dios nos ama, que Dios ama del mundo, que Dios nos ama a cada uno de nosotros. Y tanto nos ha amado tanto que, como dice el texto de Pablo: “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley”. (cf. Ga 4, 4) Es un signo especialísimo del amor de Dios Padre que envía a su Hijo aún sabiendo lo que va a ocurrir y que nos hace en el Hijo hijos adoptivos. Ese es el gran núcleo de la fe que celebramos: Dios ama a nuestro mundo. Dios realiza las promesas que hizo a través de nuestros padres y los profetas en el Antiguo Testamento. Dios llena la esperanza del hombre, no las esperanzas cortas, la esperanza, la gran esperanza del hombre de salir de dónde está, de encontrarse con Alguien.

Es la imagen de ayer y de hoy desde un punto de vista atmosférico. Ayer hubo un nubarrón y un chaparrón sobre Málaga. Hoy el sol vuelve a relucir, pero el Sol nunca se ha ido, incluso si ahora se cubriera el cielo de nubes y cayera otro chaparrón, la esperanza del hombre es que si yo sigo hacia arriba, por encima de las nubes del chaparrón, sigue estando el Sol reluciente. Dios está siempre, otra cosa es que yo no lo vea, o que ponga barreras, o que me ponga vendas en los ojos, o que no quiera verlo; o incluso, que lo rechace, pero Dios siempre está, la gran esperanza del Hombre está ahí. Dios no se desdice, Dios nos ama, me ama a mí en particular.

3. Una mirada a nuestro mundo en el que vivimos actualmente tiene sus pros y sus contras, sus luces y sus sombras. Existen grandes ilusiones, al mismo tiempo, amenazas e incertidumbres. Nuestro mundo está necesitado de esperanza. La fe cristiana nos anima a vivir esa esperanza. ¿Qué hace un cristiano adulto en este mundo? Cuando nos ponemos a cargar las tintas empezamos a hablar negativamente de este mundo: es un desastre, aquí no se puede vivir, está todo negro. Ahí es donde el cristiano tiene que poner esa pizca de sal o esa chispa de luz para que en medio de las tinieblas, en medio de este mundo aparezca la esperanza. Así nos lo ha dicho la lectura segunda de Pablo a los Romanos que invita a los cristianos a salir de la noche para vivir la aurora y el día, ha dejar las tinieblas para vivir en la luz, a dejar esas obras que son propias de la negación de Dios, de la distancia de Dios, a dejar las obras de las tinieblas y a caminar a la luz de Cristo (cf. Rm 13, 12b). Esa es la invitación que nos hace este Adviento, caminemos, lo dirá también Isaías, a la luz del Señor, salgamos de nosotros mismos, salgamos de las cavernas donde nos hemos metido y descubramos la luz. Que nuestro camino, nuestros pasos queden guiados por la luz del Señor, que es Cristo.

4. Voy a comentar tres ideas del profeta Isaías. Desde su visión profética y escatológica, anuncia que al final de la historia habrá una casa del Señor encima de un monte, que a su vez está encima de los montes. Por tanto, podemos decir, la cumbre de las cumbres. La casa de Dios se encuentra en lo más alto de la humanidad y esa casa de Dios, ese monte en el que está la casa de Dios es al que se nos invita a subir. La primera imagen: subamos al monte de la casa del Señor encumbrado sobre los montes, venid, subamos (cf. Is 2, 3).

El Adviento es una invitación a subir al monte para encontrarnos con Dios, pero para subir sabemos que hay que dejar mucho lastre, no se puede subir cargado de todo, hay que dejar muchas cosas abajo, en el valle, en la ladera, y conforme se va subiendo se van descargando cosas. La subida al monte: Moisés sube al monte Moria, Cristo sube al monte Tabor. El tema del monte en el Antiguo Testamento tiene una significación de purificación, de abandono de las cosas superfluas, de una cercanía hacia Dios. El Señor nos invita a subir con Él, a encontrarnos arriba, a encontrarnos en la casa de Dios.

Y ahora que estoy hablando a cristianos adultos esa casa de Dios naturalmente es la Iglesia, el encuentro con Dios se realiza en la casa de Dios, se realiza en la Iglesia. No caben los encuentros fuera de Jesucristo. Se puede conocer a Dios, a sintonizar, a vivir la Salvación, por supuesto, Dios tiene mil caminos; pero para nosotros, que hemos sido bautizados en el Espíritu para vivir la fe cristiana, nos acercamos y vamos a la casa del Señor. Eso lo cantamos en el salmo: Vamos alegres a la casa del Señor (cf. Sal 122, 1)

5. La segunda idea es que en esa casa hay una instrucción, el Señor nos instruirá en sus caminos (cf. Is 2, 3). El Señor nos dirá por donde tenemos que ir. El Señor nos dará su Palabra, la escucharemos, la meditaremos y sabremos qué tenemos que hacer. Seremos instruidos por la Palabra, que es Jesucristo y viene a nosotros, que nace de Dios. Por tanto, esa Palabra ilumina.

Y una tercera característica, entresacada de la lectura de Isaías, es el tema de la paz-comunión. Los miembros que viven en esa casa del Señor, en esa Iglesia, viven armónicamente en comunión. En primer lugar con Dios, en segundo lugar con ellos mismos y en tercer lugar con todo el mundo. Y en tercer lugar, el famoso texto profético de Isaías de “no más guerras, de las espadas forjaran arados, de las lanzas podaderas” (cf. Is 2, 4). Ese es el estilo del cristiano; no cabe en el cristiano ser un beligerante, ser un guerrero, estar siempre con la espada en la mano blandiéndola y cortando cabezas, no es ese el estilo cristiano. «Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas» (Is 2, 4).

Para los cristianos el monte con su templo es Jesús de Nazaret. A Él queremos acercarnos a partir de este Adviento. En lo que se dice sobre la paz en el texto, no podemos esperar que los responsables de la sociedad transformen las armas en arados, pero nosotros sí que podemos contribuir a trasformar este mundo. «Bienaventurados los que trabajan por la paz» (Mt 5, 9a), dice el Señor en una de las Bienaventuranzas. Los pacíficos, los pacificadores, los que trabajan activamente por la paz, no solamente los que aguantan o soportan, o los mansos, sino los que trabajan por la paz, porque Cristo es la paz y ha venido a traernos su Paz. Esa es una tercera invitación que recojo del profeta Isaías.

6. En el Evangelio Jesús mismo compara a los hombres que vive en la fase final de la historia con la generación del tiempo de Noé. En aquel momento esa gente vivía en la despreocupación de las cosas que se avecinaban, lo próximo. Viven con una cierta seguridad disfrutando de la vida humana, pero no se dan cuenta de lo que va a venir, les va a sorprender algo que va a ocurrir: el diluvio y los va aniquilar (cf. Mt 24,37-39). No se dan cuenta.

Parece ser que hoy estamos en una situación análoga, nunca se puede decir igual pero sí análoga, parecida. La inmensa mayoría, como en tiempos de Noé come, bebe, trabaja, se casa, si divierte… pero está triste y vacía y ni siquiera se da cuenta de eso, y no se da cuenta de lo que se avecina, porque nuestra sociedad puede estar acercándose a un precipicio. Y la tarea de los cristianos es como la del profeta, la de advertir: ¡cuidado que si seguimos así nos desmoronamos, la sociedad se cae, vamos a un precipicio!

Esto ya ha pasado varias veces. El gran imperio romano de los siglos II y III a.C., hasta el siglo IV d.C. con una potencia increíble en el mundo conocido, por la podredumbre de dentro se desmoronó. El impero romano no cayó porque los bárbaros  se acercaron a Roma y la destruyeron, entrando con las puertas abiertas. No hizo falta nada porque los dirigentes vivían matándose unos a otros por el poder.

Esto ya ha ocurrido en la historia muchas veces. Y lo mismo se puede decir de las lecturas que se hacían del Antiguo Testamento, de los tres jóvenes: Belsassar, Abdenago y Mesak, con los nombres israelíticas de Daniel, Azarías y Misael (cf. Dn 1, 7), en tiempos de Nabucodonosor, y ahí hay reinos: primero el Babilónico, luego el Caldeo, después los Medos y Persas… y van matándose unos a otros. Sí, esto ya ha ocurrido.

7. ¡Cómo tendríamos que decir los cristianos adultos a nuestro mundo, a nuestras gentes, a nuestros contemporáneos: cuidado, que por ahí no vamos a ninguna parte; o peor, ¡vamos a la destrucción! «Como en los días de Noé –dice el Señor en el Evangelio de Mateo–, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre» (Mt 24,37-39).

Las palabras son muy claras. “Así será también la venida del Hijo del Hombre”, se entiende la venida final, la última, la que vendrá en gloria y en majestad; pero es que Jesús está viniendo cada día, está llegando a nuestras vidas.

Es por tanto, una invitación a la vigilancia. La preparación-vigilancia nace de la entraña misma del Evangelio. La generación de Noé pasó por corrompida, vivían felices y le sorprendió el diluvio (cf. 1 Pe 3, 20). El cristiano, por ser siervo de su Señor, debe permanecer vigilante y cumpliendo su deber. Sólo así será recompensado por su Señor cuando regrese.

8. La venida del Hijo del Hombre no será un diluvio devastador, como lo fue en tiempos de Noé, sino una lluvia refrigeradora y saciante, una lluvia que da vida. Esta vigilancia a la que nos invita el tiempo de Adviento para la salvación personal es una atención serena para ser fieles a la misión de cada uno.

Vigilar es estar abierto por la esperanza hacia el futuro del Señor que viene; es también estar dispuesto a reconocerle en los pobres y necesitados y a cumplir en cada caso el mandamiento del amor. Es también orar, pedir: «Ven, Señor Jesús» (Ap. 22, 20) lo diremos en toda la liturgia del Adviento. Es pedir que venga pronto: “Ven pronto Señor. Ven Señor Jesús, no nos abandones, no nos dejes a nuestra suerte”. Sólo el que vigila está preparado para el encuentro con Dios en Cristo. Ese “ven” es para encontrarnos con Él. No es para estar mejor, para vivir mejor, para ser más felices a la manera humana, es para encontrarnos con Cristo.

9. Os ofrezco el comentario que san Agustín hace de este Evangelio: «Las dos mujeres que se hallan en el molino simbolizan al pueblo. ¿Por qué se dice que están moliendo? Porque, encadenadas al mundo, están como retenidas por la piedra del molino en el afán por las cosas temporales. También una de ellas será tomada y otra dejada. ¿Cuál de ellas será tomada? La que obra bien y atiende a las necesidades de los siervos de Dios y a la indigencia de los pobres; la que es fiel en la alabanza, se mantiene firme en el gozo de la esperanza, se entrega de lleno a Dios, a nadie desea mal y ama cuanto puede no sólo a los amigos, sino también a los enemigos; quien no conoce a otra mujer fuera de la suya ni a otro varón fuera de su marido: ésta es la mujer que será tomada de las que estaban en el molino. La que no se comporte de esta manera será dejada» (San Agustín, Comentario al salmo 99,13).

Si queremos que el Señor nos tome y no nos deje cuando venga ya sabemos a qué atenernos, a la invitación, y retomamos lo dicho antes de Isaías: a caminar con Él, a caminar hacia la casa del Señor con los que están en la casa del Señor, a ser instruidos por su Palabra. Estáis haciendo las catequesis, es un forma de instruir con la Palabra de Dios, a caminar a la luz del Señor, a vivir siendo protagonistas de la paz, todo eso.

10. Aunque ayer celebramos toda la Iglesia, unidos al Papa Benedicto XVI, una oración por la vida naciente, creo que estamos aún en ese ámbito, en este primer domingo de Adviento, y con la intención de seguir las indicaciones de nuestro querido Papa, vamos a rezar también en esta Eucaristía por la vida naciente humana y por nuestra sociedad que puede ir hacia un precipicio si no hace caso de la luz de Dios, puede caminar en ceguera, estamos viendo que se están dando pasos de ciego con leyes, con ideologías, con costumbre y con promoción de cosas que no van a ninguna parte.

Le pedimos al Señor en esta Eucaristía, además de todas las actitudes que nos pide el Adviento, le pedimos por la vida humana naciente, que sea respetada desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. El Señor nos conceda vivir este Adviento que hoy comenzamos y vivir todo el ciclo litúrgico, todo el tiempo litúrgico, todo el año litúrgico que comenzamos, vivirlo con estas actitudes hasta celebrar la gran Pascua de la muerte y resurrección del Señor.

Pedimos a la Santísima Virgen María, Madre de la vida, con su maternal intercesión, que nos proteja y que nos ayude, Ella que sí supo vivir con estas actitudes de espera, de esperanza, de compañía del Señor y de aceptación de su voluntad. Que así sea.

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