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Colación de Ministerios de Lector y Acólito (Seminario-Málaga)

Publicado: 14/12/2014: 75

Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la colación de Ministerios de Lector y Acólito (Seminario-Málaga) celebrada el 14 de diciembre de 2014.

COLACIÓN DE MINISTERIOS DE LECTOR Y ACÓLITO

(Seminario-Málaga, 14 diciembre 2014)

 

Lecturas: Is 61, 1-2a.10-11; Sal: Lc 1, 46-50.53-54; 1 Ts 5, 16-24; Jn 1, 6-8.19-28. (Domingo Adviento III-B. Domingo “Gaudete”)

1.- Saludo fraterno.

Un saludo fraternal a todos los sacerdotes del equipo del Seminario y a los demás sacerdotes vinculados a las distintas parroquias de procedencia, o de vinculación, de nuestros seminaristas. Bienvenidos.

Queridos seminaristas, los que vais a recibir el lectorado o el acolitado, y los demás; también vosotros, los más pequeños, los seminaristas menores que termináis, con este acto, la convivencia: El Señor nos reúne en este tiempo de Adviento para prepararnos mejor para el acontecimiento del nacimiento del Señor y, en ese marco, nos permite, con su bondad, instituir de lectores y de acólitos a unos jóvenes en preparación al ministerio sacerdotal.

2.- El Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres.

El profeta Isaías, en un texto muy conocido que, después, pasa incluso a un Evangelio, relata la acción que el Espíritu del Señor realiza en el creyente: «El Espíritu del Señor, Dios, está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad» (Is 61, 1).

            Esto es para todo cristiano. Hemos sido ungidos por el Espíritu en el bautismo para ser portadores al mundo de esa buena noticia de salvación. Después, a partir de la vocación bautismal, a unos los consagra con el sacramento del orden para darles una tarea o misión especial, no sólo de pregonar la Buena Nueva, sino también de curar los corazones desgarrados, de perdonar los pecados, de arrancar de las cadenas y pasar a la libertad a los que viven atados por sus propios pecados, pasar de la tiniebla a luz. Ese es un ministerio hermoso, conferido fundamentalmente al sacerdote.

            Vosotros estáis llamados a ejercer ese ministerio y ahora, como preparación, se os confía el ministerio de Lector y de Acólito.

            El Señor quiere que vivamos esa alegría de su venida y la proclamación de su gracia, del perdón (cf. Is 61, 2). Es una Buena Noticia saber que el Señor nos perdona, saber que el Señor quiere liberarnos de las esclavitudes que nos atan y saber que quiere sacarnos de las tinieblas de nuestros errores y de nuestras sombras, de nuestras ambigüedades.

3.- Alegría desbordante en el Señor (Domingo “Gaudete”).

Este domingo lleva el sobrenombre de “Domingo de la alegría, del gozo”. Hay una espera ya inmediata de la llegada del Señor que alegra el corazón del hombre.

            El mismo Isaías nos ha dicho: «desbordo de gozo en el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación, y me ha envuelto con un manto de justicia, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas» (Is 61, 10). Esto es motivo de alegría.

            Y en boca de la Virgen, exclama esta alabanza: «proclama mi alma la grandeza del Señor. Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Lc 1, 46-47). Exclamación que luego ha pasado a la oración del Magníficat.

            Incluso el apóstol Pablo, en la carta que hemos leído a los Tesalonicenses, nos invita a la alegría: «Estad siempre alegres» (1 Ts 5, 16).

            Esta mañana el papa Francisco, en el Ángelus de las doce, en el Vaticano, repetía y decía a los presentes: "un santo siempre está alegre". Y con esas expresiones que le caracterizan y que están repletas de fuerza decía: "un santo nunca tiene cara de funeral".

            Pues no podemos tener cara de funeral. Sentirse amados y salvados por Dios nos debe dar una gran alegría, como la Virgen vivió ese gozo interior de sentirse no sólo salvada, sino Madre del Salvador.

4.- Grandes obras hace el Señor.

El Señor primero nos libra y luego nos llama a pregonar la salvación; también quiere que disfrutemos de las cosas buenas que hace en nosotros. Isaías recuerda las grandes obras que el Señor realiza: «Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas, así el Señor hará brotar la justicia y los himnos ante todos los pueblos» (Is 61, 11).

            El Señor ha mirado la pequeñez de su esclava y ha ensalzado a la Virgen: «Porque ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1, 48). Y el Señor también mira nuestra pequeñez, nuestra pobreza y nos quiere enriquecer con sus dones, con sus frutos.

            «Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo» (Lc 1, 49), dice la Virgen. Pero es que cada uno de nosotros podríamos decir lo mismo. A ver quién no tiene algo, incluso de forma especial, que agradecer a Dios Padre.

            Todo bautizado, todo ser humano incluso, aunque no sea creyente, tiene la vida y todo lo que el Señor le ofrece: la Creación, la familia, los padres, el trabajo... El Poderoso ha hecho obras grandes en nosotros y nos anima a vivirlo con gratitud.

            Y hoy os llama a vosotros, queridos seminaristas, para que ejerzáis el ministerio de Lector y de Acólito: «Él que os llama es fiel, y él lo realizará» (1 Ts 5, 24). Es una tarea que os encarga, pero es algo que lo hacéis con Él. No es una actividad que hagáis vosotros por vuestra cuenta. Os encarga un ministerio para que lo ejerzáis con Él, porque de otro modo no podréis ejercerlo.

«Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, se mantenga sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 5, 23). Mantened este encargo hasta el final y ejercerlo con generosidad y dedicación.

5.- La figura de Juan Bautista.

En este tiempo de Adviento la liturgia nos presenta la figura de Juan el Bautista para contemplarlo porque es un modelo importante, ejemplar, para nosotros. Juan el Bautista es modelo de quien espera al Señor. Él nos enseña cómo ser testigos: «Venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él» (Jn 1, 7).

            Juan se define a sí mismo, siempre, con relación al Mesías. Juan no se autoerige el maestro (cf. Jn 1, 8). Él siempre dice la verdad cuando le preguntan: ¿Eres tú el Mesías? Responde: No. ¿Eres el que hemos de esperar? No. Entonces, ¿quién eres? Y responde: «Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor» (Jn 1, 23). Juan se podría haber aprovechado de la ignorancia de la gente. Le hubieran creído si hubiera dicho que era el Mesías y le hubieran seguido.

            Esa es una tentación que tenemos los cristianos y los sacerdotes, aunque sea inconscientemente: intentar que los fieles vengan a nosotros, que nos quieran. Un cura fue a hablar con el obispo y le dijo: “Cámbieme de parroquia porque la gente no me quiere”. Y el obispo le respondió: “Yo no te envié para que te quisieran. Yo te envié a ser testigo de Cristo. Yo te envié para que quisieran y amaran a Cristo, no para que te amaran a ti, para que te adoraran a ti. Así que vuelve y haz tu trabajo”.

6.- Cristo, el centro de la vida cristiana.

Esa es una tentación que tenemos, pero la podemos vencer con la fuerza del Señor. Por tanto, no os fieis de vosotros mismos, de vuestras fuerzas. El ejercicio del ministerio, hacedlo con el Señor, con su fuerza, con su Espíritu. Lo que os digo me lo digo también a mí mismo y se lo digo a mis hermanos los sacerdotes.

            La vida cristiana se define también en relación a Cristo. Él es el centro de la vida del cristiano. El centro no debe ser el cura, o un laico, o un catequista, o un seminarista. El centro es y debe ser Cristo. Y cuidado porque también los seminaristas tenéis la misma tentación. Es necesario descentrarnos y poner a Jesús en el lugar que le corresponde en nuestras vidas.

            Vamos a pedir al Señor que nos ayude a ser como Juan el Bautista: Saber retirarnos para que Él crezca. Es necesario que yo mengüe para que Él crezca, a quien no soy digno de desatarle la correa de las sandalias (cf. Mc 1,7).

            Es necesario predicar a Cristo y no a nosotros. Es preciso que su luz ilumine y no mi pobrísima linterna.

            Somos testigos de la luz que es Cristo. Para poder serlo estamos llamados a dejarnos iluminar por Cristo y después podremos con Él proyectar esa luz que no es nuestra.

Pedimos a la Santísima Virgen María, la otra gran figura del Adviento, la más importante, que nos ayude en esta misión que tenemos todos como cristianos, como seminaristas, como fieles, como padres, desde cualquier tarea de la Iglesia que desempeñéis, y ahora vosotros, como lectores y acólitos. Que así sea.

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